En el salón destinado al trabajo esclavo no hay nadie. Nadie ha llegado, nadie salvo Nerón García, el funcionario que más temprano llega al Ayuntamiento de Degollado.
Desde el día en que ingresó en el Ayuntamiento de Degollado, Nerón García llega a las 9 de la mañana. Jamás ha llegado tarde. Jamás ha solicitado médico a domicilio. Jamás ha faltado a trabajar. Jamás ha hecho sebo. Jamás ha jugado al “tetris” ni al “solitario” ni se ha conectado a Internet cuando llegaron las primeras computadoras a Degollado, las usadas que habían sido donadas al Estado pero que nadie había querido y habían sobrado.
Más solo que Adán en el día de la madre, Nerón García corre el mueble cuya finalidad es servir de asiento a su mismísima persona, que tiene cuatro patas aunque podría haber tenido una, dos, tres o más.
Nerón García toma asiento en el mismo escritorio que le han asignado desde el día en que ingresó en el Ayuntamiento de Degollado. Si bien el escritorio supo ser dueño de cuatro hermosas patas, lo cierto es que con el paso del tiempo, una se rompió.
¿Cómo olvidarlo? Aquel desgraciado incidente sucedió cuando Aristófanes Gómez, el asesor del Señor Alcalde de Degollado, lo acorraló contra una de las paredes del salón destinado al trabajo esclavo. Nerón García justo se había imbuido de coraje tras días, meses, años, lustros para así animarse a decirle un piropo a una mujer. Pero con tan mala fortuna, la fémina en cuestión estaba incluida en la lista de las que le gustaban a Aristófanes Gómez, se trataba de la curvilínea secretaria del señor Alcalde de Degollado, Katty, aunque ella prefiere que la llamen “Katherine” o en su defecto “Kate”, igualito que la esposa del príncipe William de Inglaterra, Kate Middleton.
“Hubo un tiempo en que los seres humanos eran redondos; tenían cuatro manos, cuatro pies, dos caripelas una atrás de la otra, cuatro orejas y dos órganos sexuales. Eran muy forzudos y corrían rapidísimo. Pero eran tan pillados que Zeus los cortó al medio como si fueran huevos duros. ¡A vos no te cortaron nunca, nabo!“
Así fue que Aristófanes Gómez tomó el toro por las astas y le dio a Nerón García una paliza de padre y señor nuestro, con tan mala fortuna que el desgraciado de Nerón voló por los aires cayendo encima de su mismísimo escritorio y perdiendo el mueble una de sus patas.
El día siguiente al insuceso, Nerón García no tuvo más remedio que solicitarle al asesor del Señor Alcalde de Degollado, Aristófanes Gómez, que le indicara el procedimiento a iniciar para la reparación del tan preciado mueble.
Aristófanes Gómez le dijo a Nerón García que debía de elevar una nota por escrito a la superioridad explicando los motivos por los cuales le era necesario que el mueble fuera reparado.
Nerón García estuvo toda aquella jornada laboral abocado a la redacción de la misiva:
“Sr. Asesor del Alcalde de Degollado Aristófanes Gómez:
Por intermedio de la presente solicito a usted la reparación de la pata del escritorio de quien suscribe.
Saluda a Ud. muy atte,
Señor Nerón García.”
Acabada la redacción Nerón García le había entregado la nota a Aristófanes Gómez.
Aristófanes Gómez le respondió a Nerón García que elevaría la nota al mismísimo Señor Alcalde de Degollado.
Al día siguiente de la elevación de la nota a Aristófanes Gómez, Nerón García le preguntó al susodicho si había alguna novedad.
Aristófanes Gómez dijo que ni pensarlo; el Señor Alcalde se encontraría abocado a misiones superiores durante las próximas tres semanas.
Lo cierto es que hoy, Nerón García sigue aguardando la reparación del mueble.
Para que no se le viniera abajo el escritorio, Nerón García había llevado al Ayuntamiento de Degollado un palo de escoba que le había prestado la tía-abuela Edmunda y lo había pegado al escritorio con un resto de Novoprén que le había sobrado del Día de la Peregrinación a la Tortuga. Y había tenido que agregarle un cartón abajo del palo para que el mueble quedara en algo parecido a una suerte de equilibrio.
Nerón García tenía que tratar al escritorio averiado como a una seda, puesto que de lo contrario el escritorio se venía abajo y se le desparramaba el lápiz, la goma de borrar, la birome, el sacapuntas, el almanaque y la pila de papeles de trabajo.
No fueron muchas, sino muchísimas las veces que efectivamente se le vino abajo el escritorio a Nerón García y que tuvo que recoger el lápiz, la goma de borrar, la birome, el sacapuntas, el almanaque y la pila de papeles de trabajo.
Nerón García toma asiento en su escritorio y cuando se dispone a comenzar con la labor del día un gorjeo estruendoso irrumpe la calma chicha:
“Nerón… c$%ón” “Nerón… c$%ón” “Nerón… c$%ón” “Nerón… c$%ón” “Nerón… c$%ón”
Otra vez aquel desgraciado. Otra vez aquel malnacido. Otra vez aquel tirano de Napoleón, el loro del Señor Alcalde de Degollado.
Ya acabará Nerón García con el perico algún día. Tiene planeado envenenarlo. Pero es consciente de que al día siguiente de que envenene al loro, el Señor Alcalde de Degollado lo mandará destituir. Así que por ahora Nerón García resiste.
Dicen que un día, después de salir de la sesión con su analista y habiendo arribado el analista a la conclusión de que la depresión que sufría el Señor Alcalde de Degollado se debía al vacío existencial en que sentía sumido, le preguntó si le gustaban los animales. El Señor Alcalde dijo que ni fu ni fa, entonces el analista le sugirió adquirir una mascota, y le juró sobre la biblia que se iba a curar.
Al día siguiente el Señor Alcalde de Degollado entró en la tienda de mascotas de Degollado y el simpático dependiente le ofreció un animal que hablaba. —¿Habla? —había quedado maravillado el Señor Alcalde. —Sí señor, se lo juro por mi santa madre, que en paz descanse —le había asegurado el vendedor.
El Alcalde no lo dudó ni un instante y en menos que canta un gallo se compró el loro. Una vez en su casa lo bautizó como “Napoleón”, en honor al hombre que siempre había admirado.
Acto seguido, el Señor Alcalde pretendió iniciar una conversación con el plumífero, pero ni mu.
El Señor Alcalde; con una voz un tanto atontada le preguntaba al loro:
“¿Y este lorito tan lindo cómo se llama?, Na-po-león”, y el loro nada, y el Señor Alcalde insistía “¿Cómo se llama el lorito?” “¿De quién es el lorito?” y Napoleón seguía mudo.
Preso de ira, el Señor Alcalde regresó a la tienda de mascotas de Degollado para devolver el loro y le espetó al vendedor: —¡Me compré este loro y me gasté una fortuna y quería enseñarle malas palabras pero no repite nada de lo que le digo! —Tranquilo señor, que un loro es un animal muy inteligente y si se pone a jugar con él no solamente comenzará a hablar sino que podrá educarlo, tan sólo tiene que hablarle como a un bebito y repetirle muchas veces la palabra que le quiera enseñar y él se encariñará con usted, y cuando lo deje solo recordará todo lo que usted le ha enseñado y comenzará a repetirlo para llamar la atención.
El Señor Alcalde quedó convencido así que volvió a su casa y se tomó aquel desafío más seriamente que a la vida misma.
“¿Y este lorito tan lindo cómo se llama?, Na-po-león” “¿Cómo se llama el lorito?” “¿De quién es el lorito?”
Así fue que un día Napoleón dijo su primer palabra: “pu%a”
El Señor Alcalde estaba tan contento como perro con dos colas. Le mandó hacer por encargo una jaula de oro, y se lo llevó a su despacho del Ayuntamiento de Degollado, lugar donde por ahora sigue vivo.
Por ahora, hasta que Nerón García tome coraje y lo decida envenenarlo.
Desde el día en que ingresó en el Ayuntamiento de Degollado, Nerón García llega a las 9 de la mañana. Jamás ha llegado tarde. Jamás ha solicitado médico a domicilio. Jamás ha faltado a trabajar. Jamás ha hecho sebo. Jamás ha jugado al “tetris” ni al “solitario” ni se ha conectado a Internet cuando llegaron las primeras computadoras a Degollado, las usadas que habían sido donadas al Estado pero que nadie había querido y habían sobrado.
Más solo que Adán en el día de la madre, Nerón García corre el mueble cuya finalidad es servir de asiento a su mismísima persona, que tiene cuatro patas aunque podría haber tenido una, dos, tres o más.
Nerón García toma asiento en el mismo escritorio que le han asignado desde el día en que ingresó en el Ayuntamiento de Degollado. Si bien el escritorio supo ser dueño de cuatro hermosas patas, lo cierto es que con el paso del tiempo, una se rompió.
¿Cómo olvidarlo? Aquel desgraciado incidente sucedió cuando Aristófanes Gómez, el asesor del Señor Alcalde de Degollado, lo acorraló contra una de las paredes del salón destinado al trabajo esclavo. Nerón García justo se había imbuido de coraje tras días, meses, años, lustros para así animarse a decirle un piropo a una mujer. Pero con tan mala fortuna, la fémina en cuestión estaba incluida en la lista de las que le gustaban a Aristófanes Gómez, se trataba de la curvilínea secretaria del señor Alcalde de Degollado, Katty, aunque ella prefiere que la llamen “Katherine” o en su defecto “Kate”, igualito que la esposa del príncipe William de Inglaterra, Kate Middleton.
“Hubo un tiempo en que los seres humanos eran redondos; tenían cuatro manos, cuatro pies, dos caripelas una atrás de la otra, cuatro orejas y dos órganos sexuales. Eran muy forzudos y corrían rapidísimo. Pero eran tan pillados que Zeus los cortó al medio como si fueran huevos duros. ¡A vos no te cortaron nunca, nabo!“
Así fue que Aristófanes Gómez tomó el toro por las astas y le dio a Nerón García una paliza de padre y señor nuestro, con tan mala fortuna que el desgraciado de Nerón voló por los aires cayendo encima de su mismísimo escritorio y perdiendo el mueble una de sus patas.
El día siguiente al insuceso, Nerón García no tuvo más remedio que solicitarle al asesor del Señor Alcalde de Degollado, Aristófanes Gómez, que le indicara el procedimiento a iniciar para la reparación del tan preciado mueble.
Aristófanes Gómez le dijo a Nerón García que debía de elevar una nota por escrito a la superioridad explicando los motivos por los cuales le era necesario que el mueble fuera reparado.
Nerón García estuvo toda aquella jornada laboral abocado a la redacción de la misiva:
“Sr. Asesor del Alcalde de Degollado Aristófanes Gómez:
Por intermedio de la presente solicito a usted la reparación de la pata del escritorio de quien suscribe.
Saluda a Ud. muy atte,
Señor Nerón García.”
Acabada la redacción Nerón García le había entregado la nota a Aristófanes Gómez.
Aristófanes Gómez le respondió a Nerón García que elevaría la nota al mismísimo Señor Alcalde de Degollado.
Al día siguiente de la elevación de la nota a Aristófanes Gómez, Nerón García le preguntó al susodicho si había alguna novedad.
Aristófanes Gómez dijo que ni pensarlo; el Señor Alcalde se encontraría abocado a misiones superiores durante las próximas tres semanas.
Lo cierto es que hoy, Nerón García sigue aguardando la reparación del mueble.
Para que no se le viniera abajo el escritorio, Nerón García había llevado al Ayuntamiento de Degollado un palo de escoba que le había prestado la tía-abuela Edmunda y lo había pegado al escritorio con un resto de Novoprén que le había sobrado del Día de la Peregrinación a la Tortuga. Y había tenido que agregarle un cartón abajo del palo para que el mueble quedara en algo parecido a una suerte de equilibrio.
Nerón García tenía que tratar al escritorio averiado como a una seda, puesto que de lo contrario el escritorio se venía abajo y se le desparramaba el lápiz, la goma de borrar, la birome, el sacapuntas, el almanaque y la pila de papeles de trabajo.
No fueron muchas, sino muchísimas las veces que efectivamente se le vino abajo el escritorio a Nerón García y que tuvo que recoger el lápiz, la goma de borrar, la birome, el sacapuntas, el almanaque y la pila de papeles de trabajo.
Nerón García toma asiento en su escritorio y cuando se dispone a comenzar con la labor del día un gorjeo estruendoso irrumpe la calma chicha:
“Nerón… c$%ón” “Nerón… c$%ón” “Nerón… c$%ón” “Nerón… c$%ón” “Nerón… c$%ón”
Otra vez aquel desgraciado. Otra vez aquel malnacido. Otra vez aquel tirano de Napoleón, el loro del Señor Alcalde de Degollado.
Ya acabará Nerón García con el perico algún día. Tiene planeado envenenarlo. Pero es consciente de que al día siguiente de que envenene al loro, el Señor Alcalde de Degollado lo mandará destituir. Así que por ahora Nerón García resiste.
Dicen que un día, después de salir de la sesión con su analista y habiendo arribado el analista a la conclusión de que la depresión que sufría el Señor Alcalde de Degollado se debía al vacío existencial en que sentía sumido, le preguntó si le gustaban los animales. El Señor Alcalde dijo que ni fu ni fa, entonces el analista le sugirió adquirir una mascota, y le juró sobre la biblia que se iba a curar.
Al día siguiente el Señor Alcalde de Degollado entró en la tienda de mascotas de Degollado y el simpático dependiente le ofreció un animal que hablaba. —¿Habla? —había quedado maravillado el Señor Alcalde. —Sí señor, se lo juro por mi santa madre, que en paz descanse —le había asegurado el vendedor.
El Alcalde no lo dudó ni un instante y en menos que canta un gallo se compró el loro. Una vez en su casa lo bautizó como “Napoleón”, en honor al hombre que siempre había admirado.
Acto seguido, el Señor Alcalde pretendió iniciar una conversación con el plumífero, pero ni mu.
El Señor Alcalde; con una voz un tanto atontada le preguntaba al loro:
“¿Y este lorito tan lindo cómo se llama?, Na-po-león”, y el loro nada, y el Señor Alcalde insistía “¿Cómo se llama el lorito?” “¿De quién es el lorito?” y Napoleón seguía mudo.
Preso de ira, el Señor Alcalde regresó a la tienda de mascotas de Degollado para devolver el loro y le espetó al vendedor: —¡Me compré este loro y me gasté una fortuna y quería enseñarle malas palabras pero no repite nada de lo que le digo! —Tranquilo señor, que un loro es un animal muy inteligente y si se pone a jugar con él no solamente comenzará a hablar sino que podrá educarlo, tan sólo tiene que hablarle como a un bebito y repetirle muchas veces la palabra que le quiera enseñar y él se encariñará con usted, y cuando lo deje solo recordará todo lo que usted le ha enseñado y comenzará a repetirlo para llamar la atención.
El Señor Alcalde quedó convencido así que volvió a su casa y se tomó aquel desafío más seriamente que a la vida misma.
“¿Y este lorito tan lindo cómo se llama?, Na-po-león” “¿Cómo se llama el lorito?” “¿De quién es el lorito?”
Así fue que un día Napoleón dijo su primer palabra: “pu%a”
El Señor Alcalde estaba tan contento como perro con dos colas. Le mandó hacer por encargo una jaula de oro, y se lo llevó a su despacho del Ayuntamiento de Degollado, lugar donde por ahora sigue vivo.
Por ahora, hasta que Nerón García tome coraje y lo decida envenenarlo.

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